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03/04/2026Soledad en jóvenes: transiciones vitales en tiempos de hiperconexión
La experiencia de ser joven está marcada por cambios continuos. Terminar los estudios, comenzar una nueva formación, mudarse de ciudad o iniciar la vida laboral son situaciones que, aunque suelen asociarse a crecimiento y oportunidades, también implican procesos de adaptación complejos de los que no siempre se habla. En este contexto de incertidumbre, la soledad puede emerger de forma poco visible, recordando que no es exclusiva de una etapa concreta del ciclo vital. De hecho, el Marco Estratégico Estatal de las Soledades sitúa a los jóvenes entre los grupos prioritarios, señalando que un 35% experimenta soledad no deseada (Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, 2025).
Aunque existen formas de aislamiento más evidentes, la soledad en jóvenes suele aparecer, especialmente, en momentos de transición. En estas etapas no siempre hay normas claras ni un rol definido, lo que puede dificultar la adaptación y generar una sensación de desorientación.
El vacío entre etapas.
Cada cambio importante implica, en cierta medida, una ruptura. Los vínculos que antes formaban parte del día a día dejan de estar presentes del mismo modo, mientras que las nuevas relaciones aún no han alcanzado profundidad ni estabilidad.
Este “espacio intermedio” puede generar una sensación de desubicación difícil de explicar. El y la joven ya no se identifica completamente con su etapa anterior, pero tampoco se siente integrado en la nueva (Sundqvist et al., 2024). Surge así una incertidumbre relacional: con quién contar, dónde encajar o cómo reconstruir una red social. En muchos casos, este proceso implica empezar de cero, lo que puede resultar desafiante en una etapa en la que el sentido de pertenencia es fundamental.
Conectividad constante, conexión limitada.
La tecnología permite mantener un contacto continuo con otras personas. Mensajes, redes sociales o videollamadas hacen posible sostener vínculos previos incluso a distancia. Sin embargo, esta hiperconectividad no siempre se traduce en conexión emocional.
Las interacciones digitales suelen ser más rápidas y menos profundas. Se comparte información, pero no siempre experiencias significativas, lo que puede generar una sensación de contacto superficial. De este modo, aparece una paradoja: estar en contacto constante sin sentirse realmente acompañado.
Además, durante estos periodos de cambio, la exposición a la vida de otros puede intensificar la sensación de desajuste. Observar cómo antiguos amigos parecen adaptarse con facilidad o construir nuevas relaciones puede dar lugar a comparaciones que aumenten la inseguridad y el malestar…




